No me sacia
la imaginación,
la fantasía,
de tensarte el pantalón,
desnudarte en poesía.
Qué desperdicio de tacto,
qué despilfarro de carne,
que vaya a expirar mi boca
sin saber a lo que sabes.
Los fantasmas
no amanecen despeinados,
no conocen las ojeras,
ni los cortes en los labios.
Los fantasmas
no se encienden un cigarro,
no preguntan y ahora qué,
ni esperan a averiguarlo.
Si en el después no nos hallamos,
me consuelo en lo terreno:
tocaré cuanto te toca
hasta confundirme en ello.
Gemiré tu nombre al viento
y esperaré el rocío,
seré tierra deseosa
de sentir tu cauce mío.
Tenderé mi pena al árbol
y ella alcanzará lo alto,
seré fruto que se entrega
solamente ante tu mano.
Interrogaré a la luna
y sabré quién te ha tenido,
seré noche que vigila
cada lecho en que has dormido.
¿Y qué conjura tanta magia?
Si
toda
una
existencia
puede acontecer
sin ser tierra y fruto y noche
que encuentre
tu piel.
Moriré
y no me habrás vivido.
