Jesús no era mi madre
[a él sí lo alabaron,
su dolor sí lo escribieron].
No multiplicó ella el pan:
de trigo se vació las muelas,
para que la carencia
a mí
no me mordiera.
Resucitaba cada mañana,
cargando una cruz,
tal vez más pesada
que la del propio Jesús.
Mi madre no era virgen,
ningún ángel llamó a su umbral.
Si fuera pura, sería mártir;
profana es solo una víctima más.
Ella puso la otra mejilla
¡y le clavaron tantos clavos!
en ropaje de facturas
y reproches oxidados.
Perdonó setenta veces siete
[la insolencia, la rebeldía]
y a mi impía lengua de espinas,
sin maldecir, aún sonreía.
¿peor castigo es el sacrificio
que las renuncias sin testigos?
Siempre el trozo más pequeño:
«no tener hambre»,
qué martirio.
¡Y qué arrastrarse de rodillas!
para que un día se alejaran,
esos pies que ella lavaba.
Cuarenta y una noches en el trabajo,
o en la cocina, o en el desierto.
Por mí abriría el mar,
cargando bolsas,
aún sin aliento.
Mamá no morirá por todos:
ella vive para una sola.
Mamá nunca será Jesús:
ella sí es Dios, hecha persona.

