Soy apolítica,

dijo nunca

la mujer gazatí,

abrazada al cuerpo frío

de una niña que ya no vería

otro amanecer ahogado en humo.

 

Las pestañas de esa madre,

ayunas de lágrimas,

espesas de cenizas,

no osaban apuntar al cielo.

 

¿Cómo puede haber alguien,

allá donde danzan misiles?

Dios mismo se disuelve

en un horizonte de fusiles.

 

La mujer desesperaba

y contaba las horas

y contaba sus dedos

y contaba algún cuento.

Quería irse con su hija:

no al paraíso;

bajo suelo.

 

¿El cementerio es vuelto ruina,

víctima de la masacre?

Siempre quedará un huequito

entre los escombros del parque.  

 

Y su pecho aún huele a leche

y sus brazos aún son cuna

y su corazón aún palpita,

de absurda inercia,

por desgaste.

 

Ella besaba unas orejas

que no oirían el arrullo

de palomas blancas

que la indultaran.

 

Ella apretaba unas piernas

que no sabrían gatear

y acariciaba una espalda

que no se iba a erguir jamás,

y ella seguía, repasando con las yemas,

lo que la historia iba a enterrar.

 

¡Si tan solo ella pudiera

escapar de la política!

 

Ahora se aferra

a un

cuerpo

muerto

diminuto

emparedado

entre los márgenes.

 

Soy apolítica,

tal vez diga ella,

cuando deje de abrazar cadáveres.

 

La mujer más política