Cómo me ponen

los hombres que lloran:

que empatizan con lo pequeño,

se conmueven con lo diminuto

y se deshacen entre los brazos.

 

Los que no se volvieron piedra

y se saben blanditos.

Los que renuncian a la ficción

[performativa, odiosa, coactiva]

de la dureza como premisa de existencia.

 

Esos que buscan refugiarse

y no esconderse:

distinguen el amparo

de la huida,

sin creerse intactos

si la intemperie les sopla.

 

Hay un no se qué atractivo

en reconocerse humano:

renunciar al dominio,

suspender el orgullo

que nos separa de lo viviente.

 

Y yo,

cristalizaría cada lágrima,

querría verme reflejada,

saber que puedo entrar

 

ahí donde el dolor

no se arroja en violencia:

solo desciende,

despacio,

por las mejillas.

 

lágrimas de hombre