Yo,
que pensaba y luego existía,
que era en tanto que sabía,
y no existía,
y no era.
Me creía libre determinista,
de pinceladas neoclásicas revestida:
endulzando, soberbia, esas cadenas,
que nos amarran, tramposas, a lo mundano.
Ay,
inocente emperadora de mí,
erguida en trono de silogismos,
rezando al progreso
con ciega devoción,
durmiendo junto al verdugo,
que hacia certezas irrenunciables
en sueños aún cabalga.
Convencida de que ahí,
dos y dos eran cuatro,
y yo era mis neuronas,
y el amor, apenas, hormonas.
Como si las pasiones desenfrenadas
respondieran a la aritmética.
Como si las miradas furtivas
se agotaran en la geometría.
Qué apolínea me creía,
qué admirablemente explicada,
repudiando a Dionisio
si me tarareaba su ditirambo.
⁂
Pero hubo algo en ti
que desbordaba lo racional,
que me torcía el juicio
hasta que dos y dos
parecían dar cinco.
A veces una sabe
a ciencia «cierta» su conveniencia
y aun así se arroja al fango,
entierra las uñas en la carne,
le devuelve al abismo la mirada
con tal de experimentar(se),
recordar que no es algoritmo,
que puede gritar
¡aaaah!
y enturbiar este poema sin métrica.
Qué vergüenza prometeica
no ser útil, no ser ágil,
no imitar ese engranaje
que produce sin sentir
y que, si siente, nada hace.
Calamitoso para los hiperconscientes,
anhelar el fragor del fracaso,
lamer el pus y la enfermedad,
frente a la sutura estéril de la cordura.
Huí del palacio de cristal,
esa tumba del desorden
[sin mueca burlesca, sin delirio febril]
que ignoraba el contraste armónico
de lo orgánico en su dialéctica.
Bajo el húmedo subsuelo,
una puede pudrirse a gusto,
obviando la pretensión
de especiosa universalidad
[contra toda clausura,
contra toda trascendencia,
contra mí misma si cabe]
Bendita sea la sospecha
de un mundo inconmensurable,
y que pensar así me condene,
¡se los ruego!,
prefiero arruinarme por capricho
que ser el cero de una ecuación
que un moderno escribió en mi nombre.
