Estoy hasta el coño
[no de mi coño],
de ser nivelada a su contorno,
que preceda a mi talento
y sirva de frontera,
diagnóstico
y explicación suficiente.
Y lo trato de anecdótico
[lo estructural]
y lo vuelvo digerible
[lo inaguantable]
Estoy hasta el coño
de adornar mis reclamos
[groseros, malsonantes]
¿Mi fatiga?
Tan política.
¿Su cansancio?
Tan humano.
Reclaman exquisitez moral
quienes tratan de carácter
la mediocridad ajena.
Exigen empatía
por cada agente de violencia
mientras yo solo pido existir
[con la boca pequeña]
acorralada en la esquina del patio.
Estoy hasta el coño
de la pedagogía forzosa,
de ser ejemplo elegante y víctima digna
[¡Dios me libre de ser un coñazo!]
¿Por qué es, mi anatomía,
tomada por
legible y encriptada,
accesible y restringida,
consumible y desechable?
Estoy hasta el coño.
En él germina el primer pecado.
¡Qué culpa!, ¡qué frustración!
Cargar como error de origen
lo que de una perfecta costilla
nos fue dado.
«No se nace mujer, se llega a serlo»
Y en el camino aprendí
a endulzar el tono,
antes siquiera
de articular el deseo.
¡No hablo de vulvas, coño!
es el dogma tácito,
la instrucción tenaz
de lo tolerable.
No elegí esta sentencia odiosa
de ser siempre bajo reprimenda
[mucho menos el instante
en que entraron en mí
sin contar conmigo].
Sin final, sin reconciliación:
no hay belleza en esta resiliencia.
¿Emancipa, el optimismo?
o es demanda de obediencia
para quien ya ha dado demasiado
y ¡coño!
todavía sigue sangrando.
