El agua no hierve. La pasta espera.

Pienso en cada hombre al que he querido

mientras enciendo un cigarro en la cocina.

 

‘Ni siquiera me apetece,

solo me entretiene las manos’.

Me pregunto cuánto amor

ha funcionado como un cigarro.

 

Me recoloco el escote,

performando por inercia

la modestia que él premiaba

y compruebo mis uñas:

esmalte descascarillado…

qué pensarías, chico, de este escenario.

 

Él no existe, él no existe ya,

pero sobrevive en la tela si revela.

Nadie mira, nadie mira ya,

pero un fantasma me está juzgando.

 

Me encuentro a aquel otro

en cada turrón anunciado:

él aguardándome para abrirlo,

mi llegada autorizando el invierno.

 

No me atreví a aceptar un trozo,

hay composiciones tan delicadas

que, de participar, una algo altera:

la escena de alguien que te espera,

como espero ahora la ebullición

y el afecto y la inspiración.

 

Leo el paquete:

Camel azul.

 

Compré un lunes Marlboro Gold

imitando el gusto del tipo

que un domingo dejó de quererme:

otra necia forma de continuidad,

como se llevan las joyas del difunto;

retrasando el duelo,

domando la pérdida,

obviando la descomposición

y que dejó de quererme. 


Y el tabaco roto del bolso

todavía me devuelve al pueblo:

él ofreciéndome, uno tras otro,

yo acumulando enternecida

como si ser mirada así

pudiera guardarse.

 [Amanecieron quebrados,

como todo exceso, como nosotros,

papel roto y desperdiciado]

 

El humo asciende, huidizo,

hacia el extractor

y con la dosis de fe de una escéptica,

giro el cigarro de la suerte:

superstición heredada

de un amor adolescente.

 

Las espuma salada baila,

desertando de la olla,

y así se apagan todos

en una misma combustión.

 

El olor persiste en mi pelo.

 

Da igual cuánto me lave,

da igual cuánto me sane,

una no vuelve intacta

de todo lo que ha inhalado.

 

Si en el cristal empañado

me reconozco únicamente

por mi insistencia en encender.